lunes, 19 de octubre de 2015

¿Qué hice la última semana?

La semana pasada fueron días de poca escritura creativa del neotipo y trabajo intelectual, en particular sobre dos proyectos que se están gestando a la par.
Una especialidad sobre diseño del futuro, sí, futurología en el sentido estricto, con bases para poder entender los posibles futuros que se pueden gestar a partir de los elementos que hoy en día tenemos y poder diseñar un futuro preferible, tanto para uno mismo como para la humanidad. Es un posgrado de un año, que estará dividido en dos semestres y tendrá clases como métodos prospectivos y pensamiento sistémico hasta un laboratorio de innovación social y un curso sobre historia de los estudios futuros, que yo daré. En este curso se verá desde el futuro en la ciencia ficción, hasta la idea adivinatoria de la magia como elementos culturales que definen ciertos elementos históricos a partir de entablar mensajes prospectivos.
Además de que la idea de diseñar el futuro me apasiona, creo que es uno de los elementos más importantes del humano, pues proyectar el futuro es lo que nos ha concebido como la especie dominante. Somos los únicos capaces de pensar en diferentes futuros, crear una estrategia y convertirla en realidad. Esta cualidad la usamos para cazar mamuts (desde poder visionar hacia donde escaparía para acorralarlo y cazarlo, hasta encontrar sus rutas de tránsito y esperarlos un año después, sin que ellos pudieran evitarlo), encontrar pareja (ver a una persona y poder imaginar cómo será el futuro a su lado, y buscarlo o declinar esa idea de futuro posible) hasta definir cómo serán las civilizaciones del futuro y empezar a crearlas. Un tema apasionante.
El segundo punto ha sido la reescritura del piloto de una serie de televisión en la que he trabajado desde hace un par de años. Se llama séptimo círculo y tiene un formato de hiper televisión. Séptimo círculo es una historia transmedia policíaca donde debes apoyar a cada personaje para que cumplan su misión.  El espectador tendrá un máximo de 72 horas de tiempo efectivo para resolver el conflicto.  Utilizará ese tiempo para recorrer el camino que decida y desarrollar una estrategia que lo lleve a la resolución.  Podrá ver la historia desde cuatro perspectivas: El asesino, La Víctima, El Policía, La Psiquiatra, desentrañará los juegos interactivos que aportarán pistas.
El fin es crear una serie que cambiará la forma en la que se cuentan las historias.


En resumen, la última semana a lo que me he dedicado es a promover dos proyectos que creo serán las semillas que cambiarán mi futuro, espero ayudar a cambiar el de otros, y contribuir a crear otra forma de ver la realidad.

jueves, 15 de octubre de 2015

erosión de la autoría

Mi forma de pensar en la escritura es de dos tipos.
Por un lado es la idea romántica del creador, del artista, el dominador de la palabra, que crea frases que sientes que son perfectas que son tuyas, que le dan palabras a la tribu, como profesaba Mallarmé. Y, aunque creo que escribo bien, no tengo aún la fuerza para darle la palabras a la tribu, porque la única forma de generar esa entonación perfecta es con talento, y eso va más allá de un deseo creativo, es una cualidad.
Una de las ideas creativas que me han asediado en los últimos meses es, a partir de las transformaciones de la narrativa digital, la idea de escritura participativa y colaborativa. Sé que la información en la red está construida de esta forma, pero la literatura ha rehuido de ella durante siglos. Desde la noción homérida de la Ilíada y la Odisea como un constructo cultural comunitario y no individual, las nociones del artista se han estructurado en torno al genio creador individual, desde el romanticismo esta noción se ha acrecentado. Ahora, las palabras colaborativo regresan pero sin perder de vista al autor y la pugna, ya añeja, entre la idea del creador primigenio y el apoyo de sus fieles, contra la erosión del autor, la idea de la muerte es arcaica, Barthes y Focault llevan más años de muertos que la noción digital popularizada, por lo que no tiene caso seguir replicándola. En cambio, la erosión del autor, donde no quedan huellas del primer autor, del creador original o constructor de la idea, va más allá, pues significa que él da su obra al público para que ellos la transformen tanto que se pierda la idea del autor para ganar la noción de obra.
Más allá de un autor, en cualquier formato es necesario un director orquestal, un autor implícito. Wayne Booth en La retórica de la ficción define al autor implícito como una creación del escritor: “Cuando escribe no crea simplemente un ‘hombre en general’, ideal, impersonal, sino también una versión implícita de sí mismo que es diferente de los autores implícitos que encontramos en las obras de otros. […] El autor implícito erige consciente o inconscientemente, lo que leemos; le consideramos como una versión creada, literaria, ideal, del hombre real; es el resumen de sus propias elecciones.” 


Ahora, de forma particular, me gusta más la idea realista de algunos documentales y reality shows y todos los mecanismos de atrapar la cotidianidad y editarla, para crear un producto ficticio a partir de la realidad. En ese sentido creo en el texto colaborativo, en el sentido de que los demás ofrezcan palabras de forma involuntaria, que cuentan y vivan su vida sin saber que ello se convertirá en ficción, que la realidad será transcrita, no que habrá muchos autores, sino un autor que capta la realidad y la reconfigura, que sea participativa en el sentido que ellos ayuden a volver suyas la obra, que habiten la obra.

sábado, 10 de octubre de 2015

Imposibilidad o postergación

Tengo 34 años y muy poco trabajo literario creado por mi. Eso no significa que no haya trabajado incansable en ello durante años, sino que hice demasiado juego de sombras, como en el boxeo, y muy poca disciplina. Leí, investigué, talleree, borré miles de páginas, o almacené, no es exageración, y me alejé del proceso creativo para no desaparecerme de la vida común, ordinaria.
El gran problema que siempre tuve con la escritura es que todo los libros que leía y todos los autores clásicos recomendaban escribir para alejarse de la vida, no como evasión solamente sino como enfrentamiento; no vivir la vida al máximo sino vivirla a partir de la escritura; y siempre he querido vivir la vida, disfrutarla.
Nunca supe hacerlo bien, bueno, el nunca representa una década perdida, que no es poco, y significa que si en la literatura no encuentro la carencia de vivir la realidad sino de trascenderla, de lograr lo que esta existencia nos impide, no supe hacerlo en totalidad, de forma óptima.
Esto que sonará a una perogrullada cuando lees, algo lógico, es fundamental cuando escribes, porque cuando escribes estás dejando de vivir para crear otra realidad que otros la puedan habitar de una forma veloz, es decir, si te tardas tres semanas en leer un libro, el autor se tardó cuatro años en construirlo. En ese momento, esas tres semanas son tan veloces y fructíferas pues mientras lees habitas otra realidad de una forma plácida y divertida, sin dejar de lado la propia; en cambio, cuando escribes y te enfrentas constantemente a la recreación de la realidad, para ello abandonas placeres de la vida diaria, y encaras a tus demonios profundos.
Por ello, para mi, los escritores son ejemplo de sacrificios, no de mártires; otro ejemplo de sacrificio son los atletas, la diferencia es que a él lo idolatran en su juventud y al escritor, si le va bien, lo celebran en su vejez, sino es que en su muerte; al artista en general. siempre hay casos que se salen de la media, excepciones que no confirman la regla sino que dan esperanza de que esa regla se puede romper.
Ahora, ya con diez años de vivir la vida al máximo, y con un proyecto detrás que me apasiona, y del que llevo un año de camino, he decidido enfocarme en la escritura.
Si García Márquez tiene razón y la vida es vivir para contarla, para poder recrear una realidad más divertida que esta hay que disfrutarla, en grande. Espero plasmar la euforia que he obtenido en estos años y que los lectores se aprisionen de ella, de una forma fructífera y placentera.

Diario de escritura, Propulsión de vuelo (o como termine llamándose mi primer neotipo)

Si no tuvieras miedo a las consecuencias, ¿qué te gustaría hacer en tu vida? Un sueño o un deseo que la realidad no te podrá ofrecer. Eso es lo que uno busca cuando incursiona en la narrativa, ya sean novelas, películas o videojuegos. Si se logra la inmersión, durante un breve periodo tenemos la certeza de que acabamos de vivir una experiencia alterna.
Ahora, ¿qué pasaría si pudiéramos manipular a nuestra mente de tal forma que ella creyera que sí ocurrieron las cosas y esa noción ficcional mutara en recuerdo? Hace un año y medio empecé a pensar de qué forma se podía concretar este planteamiento. La respuesta era un poco más obvia de lo que yo esperaba, no por ello más sencilla: por medio de narrativas digitales.
Desde hace tiempo trabajo en este proyecto de narrativa digital. Busco crear una novela hiperdigital que cumpla con las características y virtudes del género y, a la par, maximice las herramientas narrativas con las que permite contar el soporte digital. La novela hiperdigital, o neotipo, es una narración que busca que el lector experimente una vinculación radical de la realidad y la ficción por medio de estrategias, que más abajo describo, narrativas y multimediales. En este caso, la experiencia que quiero generar es la del viaje a la luna.
Como los avances de soporte son tan sencillos -no se necesitan altos grados de programación para poder crear una vinculación multimedia/transmedial y que el lector atraviese diferentes plataformas para convertirse en usuario[1]- el principal reto está en las decisiones narrativas, estructurales y de estilo, así como en su concreción. Los libros digitales que incluyen multimedia y decisión de los lectores conllevan una estrategia con más de 30 años, lo importante es vincular la realidad del usuario con la ficción digital por medio del texto escrito y la apropiación digital a partir del internet 3.0, o de las cosas. Por ello, solicito el apoyo en el género de novela y no de multimedia.
¿Por qué el viaje a la luna? Detrás de una trama siempre hay un motivo.
El tema ya lo había definido, mucho antes. La razón por delimitar esta idea no es el éxito de las películas espaciales ni la proyección de ir a Marte, sino dos elementos más importantes para mí. En primer lugar, busco generar una experiencia en el lector que sea imposible de obtener en la realidad vivencial. Lamentablemente nacimos cuatro décadas después de que el último hombre fue a la luna y faltan muchos años para el turismo espacial. En segundo plano, desde niño, mi sueño era ser astronauta.
Sobre este tema, ideé un relato de 50 cuartillas con el título de “Estudios para un cuento de ciencia ficción /ó/ 28 formas de observar una luna rusa”. El argumento versaba sobre el viaje a la luna y un apocalipsis nuclear. Al terminarlo, me di cuenta de que la historia desbordaba el relato; era un tema para un novela.


Escribir una novela verosímil sobre el viaje espacial conlleva reglas diferentes, o al menos de esa forma justifiqué dos viajes que hice, uno al Centro Espacial Kennedy, en Orlando, el lugar del que despegaban los cohetes rumbo al espacio, y uno más a White Sands, en Nuevo México, un desierto espectacular donde probaban los cohetes y llevaban a los astronautas a caminar sobre las dunas blancas para que se adaptaran al paisaje lunar. Además, completé la investigación sobre el viaje a la luna, el programa apollo, el proyecto soviético y decidí seguir el entrenamiento de un astronauta.

¿Qué es un neotipo?

Génesis del Neotipo

Génesis de PDV